Entendiendo la relación entre el TDAH y los Trastornos de la Conducta Alimentaria
Durante mucho tiempo, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) se han tratado como dos islas separadas dentro del mapa de la salud mental. Cuando se piensa en el TDAH, solemos imaginar dificultades de atención, impulsividad o hiperactividad, pero rara vez lo relacionamos con la alimentación. Sin embargo, en los últimos años, la investigación científica y la experiencia clínica han empezado a construir un puente entre ambos.
Hoy sabemos que existe en un número significativo de casos una comorbilidad entre el TDAH y los TCA. De hecho, algunos estudios sugieren que las niñas con TDAH tienen hasta 3,8 veces más probabilidades de desarrollar un trastorno alimentario en comparación con sus pares sin TDAH. En el caso concreto de la bulimia, este riesgo puede aumentar hasta 5,6 veces.
Comprender esta relación puede ser clave tanto para la prevención como para el tratamiento clínico de ambos trastornos. El origen de la comorbilidad tiene que ver en gran parte con el funcionamiento del cerebro, la función ejecutiva y la química cerebral.
El cerebro con TDAH presenta una regulación diferente de la dopamina, el neurotransmisor encargado de la recompensa, la motivación y el placer, por lo que, por explicarlo de manera sencilla, el cerebro del paciente está constantemente “hambriento” de dopamina. ¿Y cuál es una de las fuentes más rápidas y accesibles de dopamina?
Esta búsqueda de estimulación explica por qué las personas con TDAH tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar Trastorno por Atracón. No es una cuestión de descontrol ni de falta de disciplina ni de fuerza de voluntad, sino de un cerebro que intenta autorregularse como puede.
Además, otro rasgo central del TDAH es la impulsividad, que en el contexto alimentario puede manifestarse como comer sin hambre física real, una gran dificultad para detenerse una vez que se ha empezado a comer o la elección de alimentos basada en la gratificación inmediata en lugar del bienestar a largo plazo.
En todo esto, existe un aspecto menos conocido pero fundamental: la interocepción, definida como la capacidad de percibir lo que ocurre dentro de nuestro cuerpo (hambre, saciedad, sed, cansancio, necesidad de ir al baño, etc.). Muchas personas con TDAH presentan una conciencia interoceptiva reducida, lo cual puede traducirse en no sentir saciedad hasta estar físicamente incómodas, o no notar el hambre hasta experimentar síntomas intensos como mareos o debilidad. Esta desconexión corporal dificulta enormemente la alimentación intuitiva y puede reforzar patrones de comer de forma caótica, extrema o desregulada.
Entender la relación entre el TDAH y los TCA no solo ayuda a reducir la culpa y el estigma, sino que permite diseñar abordajes terapéuticos más compasivos y ajustados a cada paciente. Desde las consultas, es esencial contar con un equipo formado y preparado para caminar de la mano con el global de las dificultades de nuestros pacientes, desde la profesionalidad y el no juicio.
