Conductas alimentarias de riesgo: ¿qué es una “relación saludable” con la comida?

Estudiante adolescente ansioso

En las últimas décadas, son numerosos los estudios sobre psicología, nutrición y salud pública que confirman que las conductas de riesgo en el ámbito alimentario no solo son cada vez más frecuentes, si no que pasan desapercibidas o se normalizan bajo discursos sociales como “la importancia de cuidarse, mantenerse en forma o comer saludable”. Sin embargo, muchas veces estas conductas también pueden esconder una relación conflictiva con el cuerpo, las emociones y la identidad.

Existe una diferencia de significado entre el concepto de alimentarse y el de comer. Alimentarse es una necesidad básica. Comer, en el mundo que los humanos han construido a lo largo del tiempo, nunca ha sido un acto exclusivamente biológico. La forma en que nos relacionamos con la comida está atravesada por nuestra historia personal, nuestras emociones, y especialmente por el contexto social y cultural. Así, comer puede convertirse en una forma de reunirnos con nuestros seres queridos, celebrar hitos vitales o acompañar buenos momentos… pero también de calmar la ansiedad, distraernos del dolor, sentir control o incluso castigarnos.

Ante esta premisa, la primera pregunta que surge es clara: ¿qué es realmente una conducta alimentaria de riesgo?

Se trata de hábitos o comportamientos vinculados con la comida, el peso o el cuerpo que, sin llegar a cumplir criterios clínicos de un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA), pueden tener consecuencias negativas para la salud física, emocional y social. Estas prácticas, aunque a veces parecen inofensivas o pasajeras, pueden ser la antesala de un problema más grave si no se detectan y abordan a tiempo, con consecuencias no solo físicas (desnutrición, alteraciones metabólicas, fatiga…), sino también emocionales (baja autoestima, aislamiento social, culpa, ansiedad, tristeza…). Algunos ejemplos de estas conductas de riesgo son saltarse comidas de forma sistemática, seguir dietas muy restrictivas “que se ponen de moda” sin supervisión profesional, tomar laxantes, diuréticos o suplementos sin prescripción médica, provocarse el vómito como forma de “compensar” lo comido, comer en exceso y de forma descontrolada en respuesta a emociones desagradables, hacer ejercicio de forma compulsiva como castigo por haber comido un alimento supuestamente “prohibido” u obsesionarse con la “comida sana” hasta el punto de excluir grupos alimentarios completos.

Estas conductas no aparecen por casualidad, son la respuesta a una compleja mezcla de factores sociales, emocionales y culturales, como la presión por encajar en un ideal estético, la inseguridad corporal, la necesidad de control, experiencias traumáticas, o incluso comentarios recibidos en la infancia sobre el cuerpo o el peso.
Si bien cualquier persona puede verse envuelta en estas dinámicas, los adolescentes y jóvenes conforman un grupo especialmente vulnerable, ya que se encuentran en plena formación de la identidad. Este es un proceso en el que la validación externa y el ideal de belleza corporal impuesto por cada sociedad influyen de forma significativa, acentuado además por la comparación generada en redes sociales. Si al hecho por sí solo de ser adolescente se le suman experiencias concretas tales como, por ejemplo, haber sido víctima de bullying, practicar deporte de alto rendimiento o entornos familiares con una alta preocupación por la alimentación o la autoimagen, las probabilidades de empezar a presentar conductas alimentarias de riesgo se disparan.

Una de las principales dificultades que encontramos en las consultas al tratar de abordar todo esto es que muchas de estas conductas se disfrazan socialmente de hábitos saludables. Vivimos en un mundo donde el culto a la delgadez se ha camuflado bajo la etiqueta de “bienestar”, y donde restringir, contar calorías o sentir culpa por comer está, lamentablemente, normalizado en muchos ámbitos. Romper el silencio sistemático sobre estas problemáticas ayuda a visibilizar el malestar y prevenir el probable desarrollo de los TCA. La prevención comienza en el lenguaje, en la educación y en los vínculos, lo cual pasa por tomar acción en cosas aparentemente pequeñas, pero con un gran poder, como eliminar los juicios sobre el cuerpo ajeno, evitar hablar del cuerpo como sinónimo de valor personal y, sobre todo, normalizar la diversidad corporal. No hay un único cuerpo “correcto”, la salud y el bienestar no tienen talla.

Desde cualquier consulta multidisciplinar especializada en el tratamiento de los TCA, siempre se deben asegurar espacios de escucha en los que el paciente pueda sentirse acompañado y comprendido, y donde se preste especial atención a todas estas señales y se trabaje en ellas de forma coordinada y firme, asegurando así un proceso de recuperación efectivo.

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