La vuelta a clases y la rutina: cómo el síndrome postvacacional y cuidarnos
Con la llegada de septiembre, el verano se despide y nos aterriza de nuevo en el inicio del ciclo escolar. Con permiso de enero, es el mes de los cambios, los nuevos proyectos y los reencuentros… pero también de la vuelta a las obligaciones y las rutinas. Las vacaciones quedan atrás y toca mirar hacia delante; la vuelta a las clases y al trabajo nos espera.
Y adaptarnos a ello no siempre es tarea fácil.
Esta es una época que, si bien viene normalmente acompañada de ilusión por los nuevos comienzos, para las personas con un trastorno alimentario puede suponer también un momento de presión y exigencia, especialmente si vienen de cursos anteriores en los que la asistencia al centro escolar ha sido irregular o incluso nula por requerimientos del tratamiento o proceso terapéutico. La frase “no quiero ir a clase” se repite una y otra vez durante los últimos días de verano, mientras se rumian multitud de pensamientos relacionados con no cumplir con las expectativas propias y de los demás, el reencuentro con los compañeros de clase o de trabajo o el temor al fracaso o a no ser capaz de seguir el ritmo, generando emociones negativas y difíciles de gestionar como la angustia, el miedo o la tristeza.
Desde Arbore, nos hemos propuesto acompañaros en este regreso a la vida normal, para hacer de la cotidianidad un proceso de crecimiento y cambio en busca del bienestar. Así, cabe que nos preguntemos, ¿qué es lo que nos podría ayudar a retomar la rutina poco a poco, al ritmo individual de cada uno, y de forma que resulte incluso disfrutable?
Aquí te damos algunos consejos que puedes aplicar para preparar esta “vuelta al cole”:
- Intenta volver a casa de vacaciones unos días antes de comenzar tus clases o volver al trabajo. Todos necesitamos un periodo de adaptación para coger fuerzas, reorganizarnos y poder empezar lo más descansados y motivados posible. Normalmente, después de un pequeño periodo de adaptación, nos veremos más capaces de superar los miedos y enfrentar la perspectiva de la nueva etapa.
- No te presiones para estar al 100% desde el principio. Cada persona lleva un proceso distinto, y eso implica que no todas seguirán el mismo ritmo. No llegar a todo no solo puede estar bien, sino que incluso a veces debería ser el objetivo; es esencial aprender a convivir con la incertidumbre y saber cuándo lo más sano para ti es ir a medio gas. En definitiva, no te dejes llevar por tu autoexigencia y párate a escuchar tus necesidades.
- Permítete sentir cada una de las emociones, ¡todas son válidas, también las desagradables! Si aparecen, es porque son necesarias. Date el espacio para sentirlas sin juicio; analiza lo que esconden, lo que tratan de decirte.
- Enfócate en el presente, en los pequeños detalles del día a día. Una conversación con un amigo o familiar, una anécdota compartida sobre las semanas transcurridas en la playa o el pueblo, abrir la agenda y organizar las asignaturas… Estructura tus días, estableciendo tiempo para obligaciones pero también para la diversión, no exigiéndote más de la cuenta, renunciando al perfeccionismo y sí, ¡también descansando cuando toque! Poner el foco en cada pasito disminuirá la sensación de estar enfrentándote a un reto enorme y te ayudará a atravesar la transición entre el verano y el curso.
- Ajusta tus expectativas para plantearte metas alcanzables y realistas. Te puede ayudar elaborar una lista con objetivos sensatos y a corto plazo que te ayuden a conseguir tus metas más cercanas. Valora hasta dónde puedes llegar en cada momento, lo que realmente puedes conseguir, y date la oportunidad de intentarlo sin probar siempre a ir más allá, porque eso solo te generará frustración y, posiblemente, una gran sensación de fracaso. Recuerda: es mejor dar pasos pequeños y firmes, que grandes e inestables.
- Retoma tus hábitos de autocuidado. Restablece tus horarios vitales, a ser posible siempre de manera progresiva. Es importante organizarse la estructura también fuera de clase, como por ejemplo, los horarios de sueño, higiene personal e ingestas, actividades extraescolares, tiempo de estudio en casa, actividad física…
- Planifica actividades de ocio gratificantes. Encontrar espacios disfrutables que poder incorporar dentro de la rutina es esencial para no caer en el aburrimiento o la monotonía. Con esto, disminuimos también el riesgo de burnout.
- Evita recaer en sintomatología. Es fácil que, después del verano, aparezcan pensamientos intrusivos acerca de la autoimagen o del autoconcepto en general, y desde ahí, pueden reaparecer conductas patológicas como la restricción o la hiperactividad física y/o repercusiones en la parte emocional, como un aumento de la ansiedad. Si notas que esto te está ocurriendo, no tardes en activar la red de apoyo y recursos necesarios. Sentir ansiedad, preocupación o estar más irritable durante los primeros días de vuelta a la rutina, no necesariamente es señal de que estamos ante una recaída. Puede existir un aumento del malestar de forma puntual por la adaptación a los nuevos horarios o las exigencias académicas y laborales. Es importante observar si el malestar trae como consecuencia que se intensifique ciertas conductas propias del trastorno.
- Y lo más importante: pide ayuda si lo necesitas.
Dentro de todo esto, y como en casi todo lo que rodea al tratamiento de un trastorno de conducta alimentaria, es muy importante también hablar del papel de la familia y cómo pueden mostrar su apoyo en estos momentos más complicados. El periodo de adaptación del que hablamos también los incluye a ellos, ya que es posible que noten cambios en el paciente tales como, por ejemplo, un aumento de la irritabilidad, preocupación excesiva por el rendimiento académico o la explicitación del sentimiento de no ser suficiente, por no hablar de la mencionada probable reaparición de ciertas conductas patológicas. Aunque estas señales responden al estrés del periodo concreto y no necesariamente a una recaída, es importante estar atento a ellas y, desde casa, poder abrir espacios de comprensión y comunicación. El acompañamiento familiar en estos casos radica no tanto en encontrar soluciones inmediatas “tangibles”, sino en transmitir disponibilidad y calma, preguntar cómo se siente la persona y escucharla, validando sus emociones y sin enjuiciarla. Asimismo, y en la parte más logística, resultaría muy beneficioso favorecer la estructura vital desde el propio hogar, manteniendo unas rutinas estables en términos de ingestas, descansos y actividades cotidianas que favorezcan la adaptación progresiva al ritmo habitual.
En cualquier caso, hay algo que debes recordar en todo momento: lo estás haciendo lo mejor que puedes con las herramientas que tienes. El camino de vuelta a la rutina no tiene por qué recorrerse en solitario; si ya existe un tratamiento, ya sea de hospital de día o ambulatorio, desde la familia, los recursos psicológicos y el centro educativo se te acompaña de forma coordinada para que construir un entorno seguro para el curso venidero sea más sencillo. Si vas a reincorporarte a las clases en estos próximos días o semanas, trata de organizar este inicio con los profesionales para que el afrontamiento y la gestión de la incertidumbre, los miedos y la posible angustia sea lo más óptima posible.
Es momento de reflexionar y conectar con nosotros mismos. ¡El equipo de Arbore ya está manos a la obra!
